Una de las tareas más difíciles al momento de dirigir una compañía es la de tomar decisiones acerca de la organización de los recursos humanos. No sólo a la hora de seleccionar a cada empleado, sino también al momento de decidir quiénes merecen un ascenso, a quiénes hay que promover y cuáles podrían ser los mejores líderes de equipo para cada área dentro de nuestro plantel de colaboradores actual.

En teoría, se puede ascender a líder de equipo a cualquier empleado que posea un nivel de conocimientos importante y unos cuántos años de experiencia. Pero eso no nos garantiza que tenga las cualidades necesarias para manejar un equipo de personas. ¿Cómo son, entonces, los buenos líderes? Veamos algunos ejemplos. El líder conduce a los colaboradores hacia la realización de sus tareas. Pero el buen líder los motiva y los lleva a querer cumplir con sus responsabilidades de la mejor manera posible. El líder decide qué debe hacer cada uno de los empleados de su equipo. Pero el buen líder los conoce por completo y los ayuda a potenciar sus fortalezas mediante sus asignaciones. El líder enseña a los demás cómo hacer su trabajo. Pero el buen líder los inspira a encontrar nuevas formas de hacerlo mejor, aumentando la productividad de la compañía. El buen líder está un paso más allá del líder “regular”, por su capacidad de tratar con las personas, de motivarlas y de comprometerlas con la compañía.

Por eso creemos que la responsabilidad a la hora de seleccionar potenciales líderes entre los empleados de su empresa es doble. Se trata de saber elegir qué colaborador es idóneo para el cargo por su experiencia, conocimientos y méritos; pero sin dejar de lado ciertos aspectos más emocionales y “blandos” de su personalidad que denoten liderazgo. Veamos entonces qué características debería tener un empleado para ser promovido a líder de equipo:

Confianza

En primer lugar, un buen líder debe ser absolutamente confiable. Pero esa confianza debe ser bilateral y equitativa: tanto con los directivos de la compañía como con el resto de los empleados que va a dirigir. Si la balanza se inclinara hacia sus subordinados se correría el riesgo de generar un espacio de rebeldía avalado por un mando medio, mientras que si la balanza se inclinara hacia el lado de los directivos, los empleados podrían sentirse desamparados e incómodos. Y esto dañaría la productividad del área y la credibilidad interna de la compañía.

Presencia

Un buen líder debe sentirse cómodo con la responsabilidad de manejar un equipo de trabajo completo, con todo lo que eso implica. Una de las tareas más difíciles para los que recién llegan a las posiciones de liderazgo es la de dar órdenes a quienes hasta hace poco fueron sus pares. Por eso un potencial buen líder debe ser algo ambicioso. Debe tener muchas ganas de crecer profesionalmente y lo debe hacer notar. Ante la posibilidad de pasar a ejercer ciertos roles de mando los buenos líderes no se asustan. Al contrario, se alegran y lo toman como un interesante desafío.

Resultados

Los buenos líderes no son tiranos en potencia. Pero están tan comprometidos con el crecimiento de la compañía que logran inspirar a los demás a seguir su ejemplo. Trabajan permanentemente buscando la excelencia en todo lo que hacen, y saben compartir sus conocimientos y su entusiasmo con los demás. Entienden que si a la empresa le va bien, a ellos también. Y contagian ese espíritu colaborativo a los que lo rodean.